Cuando comenzó el auge de la IA generativa, especialmente tras el lanzamiento público de ChatGPT a finales de 2022, había más dudas que certezas. Pero hoy, a medida que se generaliza su uso, empezamos a acumular las segundas. Y la primera es que no parece que vayan a errar mucho aquellos que entonces la definieron como una revolución tecnológica comparable, por su alcance potencial, con la máquina de vapor, el ferrocarril, la electrificación o Internet. Pero ¿tardaremos tanto como en algunas de ellas en desplegar sus efectos? ¿Veremos antes estallidos de burbujas empresariales? El precedente más citado de esto último es el de las puntocom en 2000, aunque ahora hay una diferencia. Muchas empresas de aquella época dependían, para materializar sus ingresos potenciales, del uso generalizado de un dispositivo, concretamente el smartphone con acceso permanente a Internet, que entonces apenas existía.
