La escasez de vivienda se ha convertido en el principal desencadenante de una crisis habitacional que no da tregua. Aunque las grúas aún no dominan el paisaje como en los años de expansión que precedieron al estallido de la burbuja inmobiliaria, el aumento de los flujos migratorios y la consiguiente creación de nuevos hogares siguen tensando un mercado cuyo gran cuello de botella es el encarecimiento de los precios. En sus últimos informes, el Banco de España viene estimando un déficit superior a las 700.000 viviendas, una cifra que, sin embargo, ya empieza a quedarse corta. La subgobernadora de la institución, Soledad Núñez, ha advertido este miércoles de que ese desfase podría elevarse hasta el millón de viviendas en los próximos dos años si nada cambia.
