Nuestra desconfianza hacia las tecnologías del conocimiento es casi tan antigua como el conocimiento mismo. En el Génesis, la humanidad pierde el Paraíso por la curiosidad de Eva que comió la manzana del árbol del bien y del mal. En el Fedro, Platón pone en boca del rey Thamus una advertencia sorprendentemente moderna: la escritura produciría olvido, los hombres dejarían de ejercitar la memoria y aparentarían una sabiduría sin comprensión. Bastaría sustituir “escritura” por “inteligencia artificial” para publicar la columna mañana. Después llegaron la imprenta y los libros prohibidos, el cine y sus códigos, la radio y la televisión y sus censuras. Internet escapó un tiempo, hasta que la desinformación —un problema real— devolvió al debate la urgencia de controlarla.
