En 1845 se crearon en el Reino Unido 1.394 compañías cuyo objeto era la construcción de ferrocarriles. El precio de las acciones del sector se había duplicado en los doce meses anteriores. El gobierno había autorizado la construcción ese año de unos 6.500 kilómetros de líneas ferroviarias, aproximadamente la misma longitud que se había construido en los veinte años anteriores. Aquello terminó mal para la mayoría de los inversores. Para empezar, menos del 10% de las empresas que se crearon consiguió que le adjudicaran un proyecto de construcción, con lo que la inmensa mayoría desapareció en pocos meses, y muy a menudo, con ellas se iba el dinero de sus accionistas.

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