Que un sindicato vote a favor de un plan que contempla 100.000 despidos dice mucho de la crisis existencial que atraviesa la industria automovilística europea. El jueves por la noche, el consejo de supervisión de Volkswagen aprobó un plan de reestructuración que reducirá el número de modelos fabricados, cerrará plantas y recortará el gasto en otras áreas. Si funciona, el consejero delegado, Oliver Blume, acabará al frente de una empresa con un saludable margen operativo del 9%. Pero muy pocas cosas están en su mano, y el camino hasta ese destino puede ser accidentado.
