Cuando se cierra una puerta, los malos siempre buscan (y encuentran) una ventana. Si antes para evadir capitales, ocultar fondos o pagar actividades inconfesables se recurría a sociedades pantalla, metales preciosos, obras de arte o, casi siempre, fajos de billetes, hoy el fenómeno se ha vuelto más etéreo, abstracto y digital. Aún más con las stablecoins, un tipo de criptomonedas ligadas al valor del dólar (aunque también las hay del euro) con las que el dinero no ocupa espacio y se transmite por sus propios canales. Los pagos son instantáneos, baratos y globales y, en ocasiones, ajenos a los ojos de los supervisores.
