
Durante casi dos décadas, las grandes empresas tecnológicas estadounidenses reunieron características que rara vez aparecen juntas. Crecían con rapidez, disfrutaban de márgenes elevados, apenas necesitaban endeudarse y podían aumentar sus ingresos sin realizar inversiones proporcionales en activos físicos. Google era quizá el mejor ejemplo. Una vez construido su buscador y consolidada su posición en la publicidad digital, cada consulta adicional tenía un coste muy reducido. La compañía generaba cantidades crecientes de efectivo que podía mantener en caja o devolver a los accionistas mediante recompras.
