La irrupción de ChatGPT en otoño de 2022 fue el banderazo de salida de una carrera tecnológica inédita. EE UU y China habían rivalizado en la construcción y despliegue del 5G, pero había sido una competición sobrevenida. El despegue digital del gigante asiático en 2015 había sorprendido a un Occidente anclado en la visión de su irresistible superioridad tecnológica. En la inteligencia artificial nada iba a evitar una competencia entre dos ecosistemas paralelos —uno organizado alrededor de Estados Unidos, otro alrededor de China— alrededor del cómputo, estándares y relato.
