Iberdrola movió ficha la semana pasada para hacerse con la principal distribuidora finlandesa, en una operación valorada en 5.000 millones de euros. La toma de Caruna, que así se denomina la firma nórdica, es el último ejemplo del afán de las grandes energéticas españolas por dar un paso al frente en los mercados globales y tomar posiciones de cara a una eventual consolidación en el sector. En este punto, la energía parece marcar una senda que otros segmentos de mercado encuentran difícil seguir. Es el caso de las telecos, siempre limitadas por las cautelas regulatorias y de competencia impuestas por las autoridades comunitarias, o de los propios bancos, víctimas a menudo de las contradicciones de los propios Estados, entusiastas impulsores del discurso de las fusiones transfronterizas siempre que el cortejo no afecte a una de sus entidades nacionales.

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