Las grandes revoluciones tecnológicas suelen ser mejores para la humanidad que para quienes las financian. Gran Bretaña alumbró la Revolución Industrial, pero no monopolizó durante mucho tiempo sus beneficios. El ferrocarril transformó el siglo XIX, aunque arruinó a no pocos de sus primeros inversores. Y la primera fiebre de internet terminó bastante peor para las puntocom que para quienes llegaron después. Confundir una revolución tecnológica con un modelo de negocio suele salir caro. Conviene recordar esa lección cuando hablamos de inteligencia artificial (IA).
