El ataque de EE UU e Israel a Irán y el cierre de Ormuz está obligando a los banqueros centrales a navegar aguas turbulentas. Aguas tintadas por interrogantes múltiples que, de una forma contraintuitiva, los mercados bursátiles obvian. Un comportamiento que, al desconocer si obedece a un pragmatismo extremo o a una complacencia caprichosa, no hace más fácil la misión de Lagarde y sus homólogos. Esta es solo una de las capas de incertidumbre. Las grandes preguntas son otras dos: cuánto durará el conflicto y, sobre todo, si su impacto será mayor en el crecimiento o en la inflación.

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