Fiel a sus ideas populistas de amigos contra enemigos y levantar muros, redistribuir la riqueza y repartir de manera equitativa los frutos del crecimiento nunca ha estado entre los objetivos de la política del Gobierno Sánchez y sus aliados, que los han diseñado siguiendo los consejos de los expertos en marketing político‑electoral y no según unos principios socialdemócratas o progresistas. Por ello, su desempeño en estas materias, comparado con el de otros países europeos gobernados por partidos de centroderecha, es tan parecido y, por ello, aquellos problemas estructurales que arrastramos desde hace décadas apenas si han experimentado mejoría en estos ocho años de Gobierno. Por ejemplo, seguimos con una tasa de paro estructural muy alta (a pesar de lo cual mantenemos una presión fiscal sobre la contratación muy superior a la media de la OCDE), tenemos una tasa de actividad 17 puntos por debajo de la media europea, encabezamos la tasa de pobreza infantil o de abandono escolar, no ha habido recortes significativos en el gap en renta per cápita y hemos tenido cero mejoras en la capacidad redistributiva del Estado después de ocho años.
