
Europa afronta un momento decisivo para el futuro de sus ciudades. Más del 75% de la población europea vive ya en entornos urbanos y se prevé que esta cifra continúe esta tendencia, según el Banco Mundial. Este crecimiento plantea un desafío evidente: cómo responder a la creciente demanda de vivienda, actividad económica y servicios e infraestructuras sin seguir necesariamente ampliando la huella urbana sobre suelos naturales y rurales.
