El 31 de marzo, apenas dos días antes de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desvelara su plan arancelario para reducir el abultado déficit comercial del país, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, aseguraba que la institución no apreciaba “un impacto dramático” de las medidas apuntadas por Trump desde su vuelta a la Casa Blanca y, en ningún caso, apreciaba que “fueran a provocar una recesión” a corto plazo. Unas horas después de que Trump diera a conocer su escalada arancelaria, la mayor crisis del comercio mundial desde la Gran Depresión, la institución admitía el “riesgo significativo para las perspectivas mundiales en un momento de escaso crecimiento” de la subida de gravámenes y anunciaba que el FMI revisará a la baja sus previsiones de crecimiento en la reunión que el organismo celebra a finales de mes en Washington. Pocos esperaban que la detonación de la guerra comercial por parte de la primera economía mundial llegara tan lejos.
