Donald Trump se mostró al mundo el 2 de abril como el libertador de la economía de Estados Unidos, como una suerte de profeta capaz de guiar a su pueblo a una nueva prosperidad, la que traerá una tabla de aranceles que aplicar a las importaciones llegadas de todo el mundo. Defendió que el resto de países ha estado estafando a Estados Unidos en sus relaciones comerciales en las últimas décadas hasta causar un déficit comercial histórico, pero en sus mensajes ha obviado la otra cara de la relación económica de EE UU con el mundo: la de la venta al planeta entero de sus servicios -con los gigantes tecnológicos al frente- y la de la afluencia masiva de inversión a su economía, que ha contribuido al liderazgo bursátil de Wall Street y a la financiación del crecimiento gracias a las compras de deuda soberana estadounidense. Con su declaración de guerra comercial al mundo, Trump amenaza con una recesión y también está poniendo en riesgo la estabilidad financiera del país, el estatus del dólar como divisa refugio y la confianza de los inversores en su deuda soberana, obviando la elevada cuantía de bonos de EE UU en manos extranjeras. China, su gran rival económico y única potencia económica que ha desafiado abiertamente el órdago comercial de Trump, posee 760.000 millones de dólares, 690.000 millones de euros, de deuda estadounidense, un arma financiera de gran poder destructor y que refleja la enorme interconexión global de la economía actual.

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