En un mundo donde los eslóganes simplistas a menudo secuestran el debate político y económico, pocas medidas resultan tan peligrosamente seductoras como la promesa de proteger nuestra economía mediante aranceles. Suena patriótico, resuena especialmente entre quienes se sienten perjudicados por el avance del comercio internacional y parece una solución sencilla. ¿Qué podría salir mal? La respuesta, como nos enseña implacablemente la historia, es prácticamente todo.

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