Los mensajes del trumpismo suelen ser contundentes: Trump es un Júpiter tronante, duro, amenazador. Su estrategia es el miedo. Pero a la vez sus comparecencias dejan zonas de ambigüedad, están plagadas de claroscuros con objeto de proporcionarse margen para negociar, que es lo que más le gusta a ese mercachifle convertido en presidente de EE UU: el presidente ha anunciado este miércoles que habrá un arancel mínimo del 10%, pero que será superior en los países que tienen más superávit comercial con EE UU. Aplicará una tasa del 20% a la UE tras acusar a Europa de haber estafado a los estadounidenses durante 50 años. Y habrá castigos muy superiores para otros países, en especial los asiáticos, que acumulan abultados superávits comerciales con EE UU. Pero la guerra comercial no empieza de inmediato y hay cierto espacio para la negociación: esa contundencia ambigua era poco más o menos lo que se esperaba ayer en Bruselas y en las cancillerías europeas en vísperas de la declaración de guerra comercial; una dosis más de incertidumbre. Y de eso vamos sobrados. Incertidumbre radical es tal vez el sintagma que mejor define esta época. Y en las etapas de máximo ruido, con los niveles de incertidumbre en máximos de los últimos 20 años, conviene volver a los clásicos: el problema es elegirlos bien, y me temo que más que politólogos y economistas esta vez conviene leer a buenos historiadores (y, si se puede, alguna que otra nota de los servicios de inteligencia y de los analistas militares).

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