En los primeros compases de Blade Runner, Rick Deckard está sentado en un rincón sombrío de Los Ángeles rodeado de anuncios en japonés y una atmósfera dominada por neones asiáticos. Parece habitar en una ciudad colonizada por el país del sol naciente, donde las megacorporaciones orientales dictan las reglas del juego. Esta visión, en gran parte inspirada por los temores económicos de la era Reagan hacia Japón, cobra un nuevo sentido en el siglo XXI con la rivalidad entre Estados Unidos y China.
