La distribución de la renta en los países ricos durante las últimas décadas desafía el arraigado supuesto de que el crecimiento económico reduce por sí mismo las disparidades de ingresos y mejora automáticamente el bienestar social. Incontables estudios muestran que el crecimiento económico agregado no beneficia de manera uniforme a todos los grupos de población y que las diferencias de renta han aumentado en la mayoría de los países de la OCDE desde los años ochenta. Este aumento de la desigualdad se debe, por un lado, al incremento de las diferencias salariales relacionadas con los cambios tecnológicos que favorecen a los trabajadores cualificados, la globalización y el debilitamiento de las instituciones del mercado laboral, y, por otro, a la mayor concentración de las rentas de capital. Paralelamente, la menor capacidad redistributiva de las políticas públicas no ha mejorado la situación.

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