Rosendo Castelló, propietario de un bosque en la zona de Tordera, en la provincia de Barcelona, el pasado 31 de julio.

El tiempo pasa despacio en el campo y la frontera entre el pasado y el futuro se desdibuja. Los abuelos de Rosendo Castelló abandonaron a principios del siglo XX la finca familiar, situada a las afueras del pueblo barcelonés de Tordera (19.047 habitantes), porque ya no podían afrontar los costes. 300 hectáreas gestionadas por la familia desde el siglo XVI quedaron entonces abandonadas al sol y a la lluvia. Los abuelos se trasladaron a la provincia de Lleida, donde nació Castelló: “Soy hijo del éxodo rural”, se describe este economista de formación a sus 60 años. Hace más de tres décadas heredó la finca y decidió regresar a sus orígenes. Para ello, tuvo que pagar un precio caro.

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