Una mujer observa el escaparate de una inmobiliaria en Madrid.

Ser inquilino, propietario o un arrendador que percibe rentas de uno o varios pisos en alquiler no es simplemente una etiqueta dentro del mercado inmobiliario. Cada una de estas posiciones encierra una realidad económica distinta. Y, entre ellas, destaca la de quienes viven de alquiler, por tener asociada a una mayor fragilidad económica. No disponer de vivienda en propiedad se convierte, de hecho, en un factor de desigualdad de primer orden, hasta el punto de que la brecha que marca este rasgo es más profunda incluso que la que tradicionalmente se atribuye a la edad para explicar las diferencias socioeconómicas. Así lo concluye un estudio elaborado por el Ministerio de Consumo en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IFS-CSIC), que se publica este martes.

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