El estrecho de Ormuz está, según las autoridades marítimas en cuyo criterio se basan aseguradoras y navieras, abierto al tráfico. Los países del Golfo Pérsico trabajan en la reactivación de pozos e infraestructuras de exportación, y las firmas petroleras están dando ya avisos a los compradores para que procedan a recoger su carga. Lo peor de la crisis energética está claramente superado, no solo en unos mercados financieros que llevan semanas anticipando el acuerdo, sino también sobre el terreno. Una de las incógnitas que pendía sobre el mercado se ha despejado, al menos de momento. Más tarde de lo previsto, pero no tanto para hacer daño a un ánimo bursátil que, por otra parte, parece blindado: el S&P 500 lleva marcando un máximo tras otro desde mediados de abril. El Ibex, sin los esteroides de la inteligencia artificial, se sumó a la fiesta cuando el acuerdo estaba ya a medio cocinar. Pero la tendencia, el apetito por el riesgo, es común a prácticamente todos los mercados. A la Bolsa y también a la deuda, pues Estados, financieras y corporaciones están aprovechando el hambre inversora para colocar deuda.

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