Existe una red comercial que ningún país del mundo ha construido jamás de forma deliberada y que España tiene, sin haberla pedido, por el simple hecho de haber existido durante siglos. 500 millones de personas que hablan español, que crecieron con recetas que tienen ADN ibérico, que sienten algo cuando ven un producto de España en un estante y que llevan décadas esperando que alguien al otro lado del Atlántico se tome en serio lo que ellas ya saben: que lo que se produce en España no tiene comparación. Esa red no la tiene Francia. No la tiene Alemania. Y desde luego no la tiene Italia, que tuvo que construir la suya emigrante a emigrante durante un siglo. España la heredó. Lista para usarla.

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