El deseo de Pekín de proteger de la inteligencia artificial a los trabajadores parece bien intencionado, pero corre el riesgo de resultar contraproducente. Las autoridades quieren que las empresas inviertan en nuevas tecnologías e innoven. Al mismo tiempo, el Gobierno ha dejado claro que no tolerará los despidos masivos y las profundas reestructuraciones que se están acelerando en empresas occidentales como Meta y Oracle. Eso deja a los grandes grupos privados chinos en desventaja.
