Hacía un tiempo inusualmente caluroso y seco para Londres aquella mañana del 28 de junio de 2018. A tiro de piedra de la City, Francisco Reynés y la plana mayor de Naturgy se hacían fuertes para presentar el flamante plan estratégico de la compañía. De una fábrica de gas en la Barceloneta a los rascacielos que se agolpan a la vera de la Catedral de Saint Paul, reconstruida por Sir Christopher Wren tras el gran incendio de 1966. Algo de metamorfosis también había en aquella convocatoria casi veraniega. Un día antes, la compañía había anunciado un movimiento histórico: Gas Natural desaparecía y nacía Naturgy. “¿Por qué no cambiar? En estos momentos necesitamos un nombre que muestre la aspiración internacional de la empresa, con un nombre y un logo corto, que englobe todas las patas y no sólo el gas natural”, explicaba Reynés. En aquella jornada, una compañía habitualmente focalizada en el largo plazo y la estrategia industrial, tiraba de chequera sin recato y anunciaba un inaudito reparto de fondos entre los accionistas: casi 9.000 millones entre dividendos y recompras de acciones en cinco años. Una máquina de generar caja. Todo el beneficio previsto. Algo había cambiado. Para entenderlo, hay que coger la máquina del tiempo y plantarse dos años atrás.

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