Desde que la Gran Recesión de 2008-2013 quebró la tendencia de progreso de los 30 años previos, la población española, como la de toda Europa, entró en convulsión social y experimentó un revisionismo político sin precedentes, otorgando un poder desconocido a las alternativas populistas y radicales, y poniendo contra las cuerdas a las acomodadas formaciones políticas tradicionales. Cuando se trataba de recuperar la estabilidad laboral destruida, los sindicatos, cuestionados también por una parte de la sociedad, permanecieron inmunes al contagio y conservaron su estatus, impidiendo que ninguna organización radical entrara en un territorio que la legislación protege y que ellos consideran exclusivo.
