Los españoles somos mayoritariamente pesimistas sobre el futuro económico de nuestro país, a pesar de que seamos mayoritariamente optimistas sobre nuestra situación económica personal. A este: “A mí no me va mal, pero el país se hunde”, los expertos le llaman la paradoja del bienestar, y quiero conectarla con otro hecho, la elevada crispación política; todo ello debido a que hemos olvidado dos lecciones que aprendimos, a la fuerza y con esfuerzo, durante la transición de la dictadura a la actual democracia, que sigue siendo el hecho histórico más positivo de los últimos 200 años de nuestro país, el único que permitió dar un vuelco definitivo hacia un país democrático, con un Estado del bienestar. Aunque, hoy, ambas cosas sean manifiestamente mejorables.
