El petróleo, puro oro de color negro, manda sobre la paz y sobre las armas, sobre la vida y sobre la muerte, desde al menos la Primera Guerra Mundial. Los países aliados “flotaron hacia la victoria sobre una ola de crudo”, en palabras de Lord George Curzon, notable miembro del Gobierno británico de aquel tiempo. De no ser por las grandes flotas de camiones de motor, la histórica contienda se hubiera perdido. En diciembre de 1916 la situación del mercado era crítica, pero, para cuando se firmó el armisticio, las reservas habían llegado a un punto de total seguridad.

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