Me resulta difícil sumarme a la estrategia que la extrema izquierda española, con el presidente Sánchez a la cabeza, ha iniciado recuperando, como caricatura, el no a la guerra y el enfrentamiento con Donald Trump como postureo electoral interno (Sánchez le aguanta el pulso a Trump). Y menos, cuando el Gobierno lo hace compatible con enviar a la zona, al día siguiente, nuestra mejor fragata, y Giorgia Meloni, quitándole la bandera a Sánchez, se une a la manifa declarando que ella se suma al no a la guerra. Pero tampoco puedo aceptar la sumisión de nuestros “patriotas” nacionales de extrema derecha a las locuras imperialistas de Trump, arrastrado en esta aventura por Netanyahu, ni la salida fácil de Feijóo de que tenemos que estar del lado de las democracias liberales porque, honestamente, tengo serias dudas de que estos Estados Unidos de Trump, usurpando poderes, y este Israel con líder pendiente de juicio por corrupción y buscado por la Corte Penal Internacional, sean, ni quieran ser, democracias liberales que, entre otras cosas, respetan las normas y el derecho interno, el internacional e, incluso, los derechos humanos a los que se refirió Feijóo, en lugar de vulnerarlos en Gaza o con los inmigrantes.

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