FLa presidenta del BCE, Christine Lagarde, en la rueda de prensa que siguió a la reunión del Consejo de Gobierno de marzo, en Fráncfort.

El futuro ya no es lo que era, decía Paul Valéry. La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, recuperó la cita para empezar su reciente discurso en la Universidad Goethe de Fráncfort. Ilustraba así el momento de extrema incertidumbre vital que afronta el continente. Los aranceles de ida y vuelta sobrevuelan el terreno de juego comercial, ahora más bien un campo de batalla donde las minas estallan cuando menos se las espera a golpe de tuits del general Trump; el dividendo de la paz, del que tanto se ha beneficiado Europa durante décadas, deja paso al sobrecoste del rearme —si vis pacem, para bellum—; y la tradicional simetría del BCE y la Reserva Federal a la hora de subir o bajar tipos se ha esfumado, tomando cada uno su propio camino, aunque empiezan a entonar una música cada vez más parecida. Tras la reunión de marzo, el presidente de la FED, Jerome Powell, también hizo hincapié en el aumento de la incertidumbre por los aranceles. Y el organismo que dirige ha rebajado las previsiones de avance del PIB y aumentado las de inflación, exactamente igual que el BCE.

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