
Cristina Subirats estaba en la oficina cuando sus compañeros comentaron la noticia. Un avión de Germanwings que había salido de Barcelona con destino a Düsseldorf colisiona en los Alpes franceses. Es el 24 de marzo de 2015, un martes. Su madre, Marta —empleada en una empresa química— ha cogido un vuelo a Alemania. Pero “como iba a Colonia y no a Düsseldorf”, Cristina, que entonces tenía 22 años, creyó que, tal vez, no estaba entre los pasajeros. Se aferró a una carambola remota incluso cuando su padre la llamó con malos presagios: el número de vuelo de la madre, GWI9525, coincidía con el del avión siniestrado.
