A menudo, cuando pensamos en innovación, la imaginamos como el resultado de la creatividad desatada, de la colaboración generosa y del acceso a los mejores recursos. Sin embargo, la historia muestra que la innovación florece con frecuencia no en la abundancia, sino en la escasez, y que la necesidad puede ser un motor tan potente como la inspiración. Es lo que podríamos llamar la “paradoja de las sanciones”: cuando una restricción externa obliga a un país, una empresa o una comunidad a desarrollar soluciones que de otro modo no habrían explorado.

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