De una experiencia fallida, en ocasiones, surgen ideas y proyectos que pueden dar un vuelco positivo a la vida profesional. Esto fue lo que le ocurrió a David Amorín, fundador de Jotelulu, cuando tras montar una empresa de servicios informáticos para pequeñas compañías vio cómo el proyecto se diluía y no terminaba de alcanzar los objetivos propuestos. “Aprendimos muchas cosas, pero no iba bien. El crecimiento era lento y, aunque eran pequeñas empresas, cada vez se sofisticaban más sus demandas”, apunta. Pensó que la solución era revender servicios cloud (en la nube) a través de alianzas con las grandes como Amazon o Microsoft, pero la realidad se impuso. “La experiencia fue catastrófica, horrible. No vendíamos nada, todo eran problemas. Cerramos en 2019″, recalca el directivo. Una situación que derivó en la marcha de Amorín junto con seis empleados de la antigua empresa con los que montó Jotelulu en 2020, tras percibir que todavía había un nicho de mercado por explorar en este sector.
