El calentamiento global es, no cabe duda, global. Los fenómenos meteorológicos extremos no saben de fronteras, tal y como hemos podido comprobar estas últimas semanas con las danas en España, las ciclogénesis explosivas en la costa noroeste de Estados Unidos y los tifones en Filipinas. Entre los escépticos del cambio climático cunde la idea equivocada de que las empresas —me atrevería a decir que incluso los países— deberían mirar por ellas mismas en lugar de intentar salvar el planeta. Los negacionistas no entienden que la gestión mundial del cambio climático es probablemente la mejor opción que tenemos para mirar por nosotros y nuestro futuro.
