En 2008 creíamos que nuestras inversiones estaban diversificadas porque tenían formas distintas, nombres distintos, calificaciones distintas, entidades distintas. Bastaba con eso. No hacía falta escarbar más allá, porque durante años no había pasado nada grave, y preguntar demasiado se sentía casi de mal gusto. A esto se le llama la miopía de la abundancia: la costumbre de dejar de vigilar un riesgo precisamente porque todavía no ha atacado. Cuando el ataque llegó, llegó para todos a la vez, porque debajo de tantos nombres distintos había un único riesgo compartido: la burbuja inmobiliaria estadounidense.
