
Vuelve la inflación, si es que alguna vez se había ido. Compañera inseparable de las guerras, alcanzó valores de otro siglo con la invasión de Ucrania y, cuando parecía controlada, es detonada de nuevo con la de Persia. Hace las mismas falsas pausas que el conflicto, pero empieza a generar ya la inevitable metástasis más allá de la energía, y aunque los guardianes de la estabilidad de los precios han reaccionado ahora mejor que en 2022, nadie evitará un nuevo impasse en la economía. Que sea pasajero o dilatado dependerá de la firmeza de las decisiones de los bancos centrales, pero también del sacrificio compartido de quienes determinan el resto de los costes y los márgenes de la actividad, dejando de lado la enfermiza indexación de la economía.
