Los mercados financieros llevan años conviviendo con una sensación permanente de incertidumbre. Cuando parece que un factor de riesgo desaparece, surge otro capaz de alterar las expectativas económicas y financieras a escala global. Inflación, endurecimiento monetario, tensiones comerciales, procesos electorales y, más recientemente, conflictos geopolíticos han configurado un entorno en el que la capacidad de adaptación se ha convertido en una de las principales virtudes para cualquier inversor.
