El azafrán suele recorrer dos veces el mundo antes de acabar en las baldas de un supermercado o en la cocina de un restaurante. Sale de los campos de Irán a granel, llega a una empresa española que lo trata y envasa, y vuelve a partir, esta vez con destino a otro mercado. Es una de las peculiaridades de un negocio indiscutiblemente dominado a nivel global por el país persa y en el que España desempeña un papel primordial, aunque más como comerciante que por su modesta producción. Ahora, las últimas sanciones anunciadas por Estados Unidos ponen en jaque esa cadena y, con ella, el abastecimiento en todo el planeta, ya que nadie puede sustituir a Irán en el corto plazo.

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