La industria musical vive un tiempo peculiar en los mercados financieros. Grandes compañías discográficas pasan apuros en Bolsa mientras que la principal mercancía que mueven, sus canciones, cobran vida propia como activo: los catálogos se venden de forma independiente a precios cada vez más elevados. En diciembre de 2020, Bob Dylan vendió los derechos de sus 600 canciones a Universal Music por una cifra que no quiso contar, pero que los medios estadounidenses cifraron en unos 300 millones de dólares; pocos meses después, Shakira traspasó su repertorio de 145 temas al fondo de inversión británico Hipgnosis (ahora propiedad de Blackstone), que también se hizo con el 50% de los derechos de Neil Young por 125 millones. Y este febrero Britney Spears colocó su obra a Primary Wave por 200 millones.
