Hay motivos para pensar que la guerra de Irán será corta (aunque esa definición cada vez es más flexible), y para temer que será larga. El tráfico mundial de petróleo y de otras materias primas empezará a notar el parón dentro de poco, primero en Asia, y ya no serán solo las previsiones de los mercados las que marquen la realidad a partir de su reflejo. El brent está ya en 116 dólares por barril, que parece un nivel soportable a corto plazo, e incluso modesto para todo el daño que está haciendo la guerra, tanto por el bloqueo del estrecho de Ormuz como por los daños que están sufriendo las infraestructuras energéticas de los países del Golfo. Donald Trump mantiene su doble discurso de que las negociaciones avanzan mientras prosigue con los ataques. No son cosas incompatibles, a falta de saber cuáles son las posturas internas en el régimen iraní. Los mercados siguen cayendo lentamente, a medida que los inversores pierden la confianza en las previsiones del presidente de EE UU, que al principio calculaba que la guerra duraría cuatro o cinco semanas: ya estamos en la quinta. Pero también dijo que su ejército tenía capacidad para aguantar “mucho más tiempo”.

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