Si se pregunta a los inversores qué es lo que más temen en la actualidad, probablemente la gran mayoría mencionará la crisis con Irán o el estallido de la burbuja de la inteligencia artificial. Sin embargo, la posibilidad más aterradora es que lo primero provoque lo segundo. La IA se ha convertido en sinónimo de optimismo tanto en la economía mundial como en las acciones. Esto es más evidente en Estados Unidos, sede de los principales hiperescaladores, como Alphabet, Microsoft y Amazon, así como de gigantes de los chips como Nvidia, Advanced Micro Devices e Intel. Este gasto de capital representó el 39% del crecimiento del PIB de EE UU en los tres primeros trimestres del año pasado, frente al 28% durante el bum de las puntocom, según la Reserva Federal. Más allá del impulso a la inversión directa, la IA también promete ayudar a las empresas a sacar más rendimiento de cada trabajador. Este aumento de la productividad podría ser un motor clave del crecimiento para Occidente.
