Tras una primera legislatura notable, marcada sobre todo por la crisis del covid, la segunda etapa de Ursula von der Leyen al frente de la Comisión Europea está siendo como poco difícil, sumida en la indefinición y los vaivenes. El último, la recogida de cable ayer – afirmando su ”compromiso inquebrantable con el derecho internacional”– tras haber defendido hace unos días el fin del orden mundial basado en reglas. Este intento fallido de abonarse a la realpolitik no puede sino verse –en la línea de sus críticos– como un lamentable ejercicio de seguidismo de las políticas estadounidenses, a la zaga del canciller de su país de origen. Resulta poco comprensible que, aun en un desliz argumental, la máxima funcionaria de la Unión Europea haga una renuncia explícita a un pilar tan básico del proyecto comunitario como es el derecho internacional. La UE puede tener muchos defectos –es lenta, está fraccionada, adolece de burocracia endémica–, pero su defensa de un orden basado en normas no está entre ellos. La rectificación de Von der Leyen era de esperar, pero puede que el daño ya esté hecho. Y en el más inoportuno de los momentos.

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