
Cuando la inflación despertó abruptamente a principios de 2022, alimentada por la crisis energética y la invasión rusa de Ucrania, un fantasma recorrió los pasillos de las grandes instituciones europeas. El temor del Banco Central Europeo (BCE) y de gran parte de la ortodoxia económica era revivir la traumática década de los setenta a través de una temida “espiral salarios-precios”. La teoría advertía que, ante la subida del coste de la vida, los trabajadores exigirían aumentos salariales idénticos, lo que obligaría a las empresas a subir aún más los precios, generando un bucle destructivo que solo podría frenarse con una recesión inducida.

