Kai Brandt y Jaume Puig, amigos del colegio, tuvieron claro que lo suyo sería innovar desde que, con 15 años, ganaron un concurso de jóvenes emprendedores que los llevó de Girona a visitar la meca de las start-ups: las oficinas de Google en Silicon Valley. Diez años después, Brandt levantó el teléfono y llamó a su amigo: “Tengo la idea”, le dijo. Se trataba de un proyecto que él mismo había empezado a desarrollar en la compañía francesa para la que trabajaba: una plataforma que ayudase a los equipos comerciales a buscar y estructurar información de internet y bases de datos sobre potenciales clientes.

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