
La fuerte llegada de migrantes a España registrada en los últimos años tiene dos claros beneficios en el plano demográfico y laboral: ha rejuvenecido la población del país e incrementado las tasas de empleo y participación. Un cóctel que ha permitido contener el impacto negativo del envejecimiento sobre el mercado laboral y el crecimiento en general. Sin inmigración, la reducción de la población en edad de trabajar habría sido mucho más acusada, en concreto más del doble que la finalmente registrada entre el año 2000 y 2019. En esas dos décadas, el llamado dividendo demográfico, un concepto clave para determinar el potencial de crecimiento económico, se redujo en 4,6 puntos porcentuales en lugar de 7,8 puntos, la caída que se hubiera registrado sin contar con los flujos de trabajadores foráneos.
